Es inevitable que las personas vayan haciéndose mayores. Y ahora que nuestra madurez ha superado unos límites insospechados por los ojos de un niño, nos paramos a recordar nuestra etapa en el colegio. Pensamos en muchos de los maestros que hemos tenido y nos vienen a la cabeza algunos momentos inolvidables con ellos. Si esto nos ocurre, sin duda se debe a que conseguimos conectar con esa persona, y consiguió casi sin saberlo que nuestra cabezota tuviera un recuerdo o una pequeña huella de él.
Sin duda, cuando nos ocurre esto, se debe al equilibrio que se ha encontrado con los mensajes que nos transmitía, capaces de conectar con su aula. Es una relación mutua, donde no hay una persona más débil que la otra. Sino que los factores que engloban esa relación vienen reforzados.
Esta capacidad de recordar tiene una gran influencia del tiempo. Pues no son los mismo recuerdos los que mantienes de un profesor en Infantil que en Bachillerato. Otro factor es la finalidad del profesor respecto a sus alumnos, pues no piensas lo mismo de un profesor que quiere enseñar con delicadeza en el aula, que otro que pretende instruir como si de un cuartel se tratara. Por último, pienso que la afectividad a esa persona puede variar según la relación que haya mantenido tu familia con ese centro educativo y el ideario que se transmita en él.
Lo que está claro, es que un profesor que no simpatiza con sus alumnos, tiene un grn parecido a un robot cuya dedicación es expulsar un contenido temático con grandes lecciones, pero sin dejar una gran huella en las personas que escuchan. Por tanto, dificilmente será un maestro para el recuerdo, más que por su aburrimiento.
Los tiempos han cambiado, y en lugar de ser recordado por imposición dictatorial, es más fácil transmitir y comunicar desde la afectividad humana.

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